31 enero 2013

Pequeñas lecciones de anatomía

Casi todos asociamos la demencia con los efectos más evidentes e iniciales de la enfermedad: la imposibilidad de recordar las cosas más simples, la falta de orientación, los delirios. Sin embargo, se nos olvida que el cerebro es mucho más que el disco duro donde almacenamos todos nuestros archivos, es además el motor que controla todas las funciones de nuestro cuerpo. Si falla cualquier conexión, alguna función se pierde.

Al comienzo de la enfermedad, el deterioro cognitivo afecta a las capas más evidentes, como si la pintura empezara a desconcharse. Cuando llega el estado avanzado, como es el caso de mi padre, lo que empieza a fallar es el mantenimiento general del edificio.

Cuando el otoño pasado mi padre padeció, una tras otra, varias infecciones respiratorias, decidí pedir hora con la doctora que le llevaba para que me explicara si se trataba de un problema crónico que había que vigilar de cerca o si era pura casualidad propia del mal tiempo y las bajas temperaturas.

Como casi todas las cosas en esta vida, la explicación resultó estar a medio camino de ambos: los catarros y gripes ocasionales empeoraban una situación que ya de por sí era delicada.

Ya me había explicado la doctora meses atrás que el deterioro del cerebro era la causa de la falta de tono muscular. Una muestra de ello es que, en ocasiones, a mi padre le cuesta mantenerse erguido y se inclina sospechosamente hacia un lado. En su día nos explicaron que ello era el resultado de un fallo en la orden del cerebro, que ya no era capaz de transmitir a los músculos la información requerida. Una explicación similar fue la que recibimos cuando empezó a tener serias dificultades para caminar.

En esta nueva visita, la doctora me explicó que para una correcta función respiratoria, cada bronquio tiene un pequeño músculo asociado, que es el que hace que se contraiga y se expanda cuando y como toca. Al igual que con otros músculos, el cerebro parece haber perdido la capacidad para transmitir las órdenes necesarias para que la función respiratoria se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados.

Es una de esas pequeñas lecciones que nos recuerda la maravillosa máquina que es el cerebro humano y lo frágiles que somos cuando, sencillamente, cualquiera de sus engranajes no está correctamente engrasado.