Desde principios de 2014, las complicaciones médicas, livianas o graves, no han parado de sucederse. Primero fue un episodio con convulsiones, que fue redirigido rápidamente a urgencias y del que al final sólo se pudo aventurar un diagnóstico: reacción a una infección de origen desconocido.
Unos días más tarde, la infección persistía, pero con un origen más concreto, tracto urinario.
Antes de que transcurriera una semana, apareció un inicio de llaga que obligó a encamar a mi padre, primero intermitentemente y después permanentemente durante varias semanas.
A eso se añadió una leve inflamación en un tobillo, que también aconsejaba mantenerle en cama.
Como en ocasiones anteriores, el primer instinto es achacarlo a una serie de desafortunadas coincidencias.
Después, es inevitable desconfiar de las recomendaciones, sospechando que tal vez buscan la comodidad de los cuidadores de la residencia, más que el mejor tratamiento para el paciente.
Hasta que comprendes que hemos pasado otro puente y que la precariedad ha venido para quedarse.
Poco a poco, no hay más remedio que darse cuenta de que la rigidez general es cada vez mayor, la pérdida de peso cada vez más evidente y, sobre todo, que cada vez le cuesta más regalarnos una sonrisa.