15 octubre 2015

Homenaje a una generación

Sentada al lado de la cama donde reposa mi padre desde hace ya un año, me ha dado por repasar su vida y, una vez más, llego a la conclusión de que este país tiene una deuda de gratitud con esa generación, la de mis padres, que puso su esfuerzo, su generosidad y su capacidad de sacrificio al servicio del bien común como pocas generaciones han hecho.

Como todos los niños nacidos justo antes de la guerra civil, mis padres sufrieron la penuria de la posguerra y la estrechez económica y moral de la dictadura que le siguió.

Como muchos de los niños de su época, tuvieron que trabajar ya en su infancia, pastoreando ganado o ayudando en las tareas del campo. Los más afortunados consiguieron ir a la escuela lo suficiente para aprender a leer y a escribir y "las cuatro reglas".

Esa falta de formación, que a veces les avergonzaba y les alimentaba inseguridades, no les amilanó sin embargo cuando vieron una posibilidad de mejorar su situación económica y sobre todo las oportunidades de sus hijos. Casi toda la generación se lanzó sin dudarlo a la aventura de la emigración, en una diáspora que cuando les proporcionaba mayor estabilidad económica era a costa de un extraordinario esfuerzo, con horarios interminables, derechos laborales raquíticos y condiciones de trabajo que ahora consideraríamos pésimas.

Sé que mi padre lo intentó al menos en tres ocasiones. Primero en las minas de León. Después en Francia, a donde iba ya con un contrato apalabrado pero donde le rechazaron antes incluso de empezar porque descubrieron que tenía un defecto en la vista, algo que él desconocía totalmente hasta ese momento. Desde allí volvió sobre sus pasos hasta Barcelona, la gran ciudad más cercana y dónde ya vivían algunos familiares y conocidos. Allí se quedó. 

Conociendo su carácter, me imagino su desconsuelo cuando le comunicaron en Francia que su viaje se había truncado antes de empezar. También puedo imaginar su determinación para seguir intentándolo. Es uno de los rasgos que aún le define, aún postrado permanentemente en una cama, y uno que comparte también con su generación. Una determinación férrea, que nunca ha necesitado proclamas o aspavientos para expresarse.

Ellos son también los auténticos artífices de la transición. Sin su generosidad de aquel tiempo para olvidar y hacer tabla rasa del pasado, la transición no hubiera sido posible. Seguramente sus recuerdos infantiles de la guerra y la posguerra les llevaron a no alimentar nuevos odios fratricidas. Recuperar la libertad y la democracia les pareció suficiente pago después de toda una vida añorándolas.

También han sido la última generación que ha asumido totalmente su rol de sostén familiar, tanto para las generaciones anteriores como para la venideras. Cuidaron de sus padres hasta sus últimos momentos, han sido la generación de los abuelos-canguro y hasta en esta última crisis el soporte de muchas familias con sus pensiones.

Gracias a su esfuerzo de toda una vida y a su silenciosa aportación muchos hemos vivido como algo natural experiencias con las que ellos no pudieron ni soñar en su momento: tener estudios universitarios, viajar por turismo a otros países, manifestarnos por lo que nos de la gana.

De repente me doy cuenta de que cuando esa generación ya no esté, nos tocará a nosotros recoger el testigo.

Miro a mi alrededor y me cuesta encontrar la misma generosidad, calidad humana o amplitud de miras.

Es posible que la palabra "homenaje" les pueda parecer a algunos hasta excesiva, empezando por ellos mismos, poco dados a las palabras grandilocuentes, pero sirva esta pequeña reflexión al menos como unas sinceras gracias.


01 enero 2015

Aquí seguimos

Pese a no haber escrito desde hace mucho tiempo en este blog, parece que estas fechas empujan a hacer un repaso de lo que ocurrió en este año 2014. En el balance sale de todo: bueno y malo.

Las buenas noticias, las mejores, es que por fin nos dieron la plaza pública en nuestro centro preferido, tanto por prestaciones como por ubicación. Así que en junio preparamos de nuevo las maletas y volvimos cual hijos pródigos a la residencia de la que nos habíamos ido un año y medio antes.

Nada más volver comprobamos que efectivamente las condiciones y la localización de la residencia eran mucho mejores que los de la anterior. La precariedad que mencionaba en el post anterior seguía siendo permanente, pero la gestión de cada episodio era bastante más llevadera. Algo importante a la hora de elegir una residencia es comprobar cómo se tratan los incidentes médicos, si tienen capacidad para asumirlos internamente o los derivan a la más mínima posibilidad de complicación.

Desafortunadamente, también descubrimos pronto que el deterioro paulatino sufrido por mi padre hacía bastante más difícil disfrutar de los paseos por los alrededores que tanto habíamos añorado.

Hace ya años que se confirmó que la demencia de mi padre venía mezclada con un parkinson que le ha ido causando una rigidez cada vez más acusada en todos sus miembros. En octubre llegó una de las noticias más temidas. En la residencia nos recomendaron que mi padre permaneciera continuamente encamado. Debido a su rigidez, los cambios para ubicarle en la silla de ruedas e incluso el esfuerzo para vestirle implicaban un alto riesgo de provocarle algún daño.

Como en ocasiones anteriores, mi resistencia fue casi numantina. ¿De verdad no se le podía levantar aunque fuera por un breve espacio de tiempo diariamente? ¿O en días puntuales? ¿Estaba totalmente justificado que se le encamara definitivamente? A mí esa recomendación me sonaba a cadena perpetua. Me resistía a asumir que mi padre nunca más saldría de esa habitación, que todo lo que vería el resto de su existencia serían esas paredes.

Lo único que venció mi resistencia fue reconocer que no podía pedir a otros que hicieran lo que yo no sería capaz de hacer y admitir que yo misma temería mover a mi padre en las condiciones físicas en las que ya está.

Tal vez los familiares dramatizamos cada cambio mucho más que el propio enfermo. Con el tiempo he llegado a sospechar que mi padre probablemente no tiene esa sensación de fatalidad ni de encierro.

En cuanto a los deseos para 2015, me he acordado de una plegaria famosa entre los anglosajones y he pedido que me traiga serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para enfrentarme a lo que sí puedo cambiar y sabiduría para apreciar la diferencia.