01 enero 2015

Aquí seguimos

Pese a no haber escrito desde hace mucho tiempo en este blog, parece que estas fechas empujan a hacer un repaso de lo que ocurrió en este año 2014. En el balance sale de todo: bueno y malo.

Las buenas noticias, las mejores, es que por fin nos dieron la plaza pública en nuestro centro preferido, tanto por prestaciones como por ubicación. Así que en junio preparamos de nuevo las maletas y volvimos cual hijos pródigos a la residencia de la que nos habíamos ido un año y medio antes.

Nada más volver comprobamos que efectivamente las condiciones y la localización de la residencia eran mucho mejores que los de la anterior. La precariedad que mencionaba en el post anterior seguía siendo permanente, pero la gestión de cada episodio era bastante más llevadera. Algo importante a la hora de elegir una residencia es comprobar cómo se tratan los incidentes médicos, si tienen capacidad para asumirlos internamente o los derivan a la más mínima posibilidad de complicación.

Desafortunadamente, también descubrimos pronto que el deterioro paulatino sufrido por mi padre hacía bastante más difícil disfrutar de los paseos por los alrededores que tanto habíamos añorado.

Hace ya años que se confirmó que la demencia de mi padre venía mezclada con un parkinson que le ha ido causando una rigidez cada vez más acusada en todos sus miembros. En octubre llegó una de las noticias más temidas. En la residencia nos recomendaron que mi padre permaneciera continuamente encamado. Debido a su rigidez, los cambios para ubicarle en la silla de ruedas e incluso el esfuerzo para vestirle implicaban un alto riesgo de provocarle algún daño.

Como en ocasiones anteriores, mi resistencia fue casi numantina. ¿De verdad no se le podía levantar aunque fuera por un breve espacio de tiempo diariamente? ¿O en días puntuales? ¿Estaba totalmente justificado que se le encamara definitivamente? A mí esa recomendación me sonaba a cadena perpetua. Me resistía a asumir que mi padre nunca más saldría de esa habitación, que todo lo que vería el resto de su existencia serían esas paredes.

Lo único que venció mi resistencia fue reconocer que no podía pedir a otros que hicieran lo que yo no sería capaz de hacer y admitir que yo misma temería mover a mi padre en las condiciones físicas en las que ya está.

Tal vez los familiares dramatizamos cada cambio mucho más que el propio enfermo. Con el tiempo he llegado a sospechar que mi padre probablemente no tiene esa sensación de fatalidad ni de encierro.

En cuanto a los deseos para 2015, me he acordado de una plegaria famosa entre los anglosajones y he pedido que me traiga serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para enfrentarme a lo que sí puedo cambiar y sabiduría para apreciar la diferencia.