20 junio 2017

Una furtiva lágrima

Mi padre falleció un lunes, hace ahora justo un año. Ha sido difícil encontrar el estado de ánimo necesario para escribir esta última entrada que sirva para cerrar el blog. Creo que no es casualidad que se atribuya tradicionalmente al duelo una duración de un año. Durante 365 días se cumplen muchos aniversarios: el primer cumpleaños no compartido, la primera navidad sin él. Uno aprende a construir una nueva vida asumiendo la pérdida.

A pesar de la extrema precariedad física de los últimos tiempos, el desenlace llegó por sorpresa. Habíamos pasado tantas infecciones y complicaciones que la que empezó hace ahora poco más de un año, parecía que sería una más. Hasta que el domingo decidimos trasladarlo a urgencias y el diagnóstico fue casi inmediato. Apenas 24h después mi padre falleció. 

Ahora se hace entraño pensar que nos sorprendiera. El deterioro era evidente y muy profundo. Su estado de ánimo también se había ido oscureciendo. Desde que quedó recluido en su cama, cada vez era más difícil sorprender una sonrisa. Sus expresiones, que eran lo que nos guiaba desde que el lenguaje desapareció totalmente, se volvieron neutras o claramente tristes. De vez en cuando aparecía una lágrima en su mejilla. Cuando eso pasaba yo lo atribuía a un problema físico del lacrimal heredado de mi abuela paterna, quien lo había sufrido durante sus últimos años.

Con la perspectiva del tiempo, es más fácil asumir que esa lágrima era sencillamente una lágrima.