Después de un par de semanas se hace evidente que el deterioro de mi padre avanza muy deprisa. Las dificultades para moverse hacen que ya sólo caminemos durante periodos de 10 minutos como mucho y por la planta o en la cafetería de la residencia.
Esta semana ha fallecido su compañero de habitación. La familia me ha explicado que había llegado ya a la fase en que no era capaz de ingerir alimentos, así que la decisión final ha sido mantenerle con suero hasta el fallecimiento. La otra opción era la alimentación forzada directa al estómago, lo que como mucho hubiera prolongado la existencia unas semanas sin la mínima calidad de vida deseable.
En vista de todo eso y para comentar como ha funcionado la medicación para los temblores, hago una consulta telefónica con la doctora de la nueva planta. Me confirma lo que ya imaginaba, que cada paciente es distinto, pero que las fases se parecen y pasan por el deterioro de la movilidad y otras funciones hasta llegar efectivamente a la pérdida de la posibilidad de ingerir alimentos. También que el medicamento efectivamente está funcionando bien, ya que los temblores han remitido.
En la conversación telefónica que mantenemos aprendo colateralmente otros datos: que la imposibilidad de andar o de realizar otras actividades no vienen por un deterioro físico, sino de tipo neurológico, es decir, no es que se queden sin fuerzas, sino que el cerebro deja de ser capaz de dar las instrucciones necesarias. Se confirma así esa sensación intuitiva de estos años de que estaba “desaprendiendo” en orden inverso todo lo aprendido en la vida.
La otra mala noticia, es que el medicamento que ahora combate los temblores en ocasiones deja de ser efectivo al cabo de una temporada y los temblores vuelven a presentarse con mayor virulencia. Tal vez es demasiado pronto para alegrarse por la desaparición de los temblores, pero en el peor de los casos habremos ganado un tiempo con mayor calidad de vida.