22 marzo 2011

Consulta médica

Después de un par de semanas se hace evidente que el deterioro de mi padre avanza muy deprisa. Las dificultades para moverse hacen que ya sólo caminemos durante periodos de 10 minutos como mucho y por la planta o en la cafetería de la residencia.

Esta semana ha fallecido su compañero de habitación. La familia me ha explicado que había llegado ya a la fase en que no era capaz de ingerir alimentos, así que la decisión final ha sido mantenerle con suero hasta el fallecimiento. La otra opción era la alimentación forzada directa al estómago, lo que como mucho hubiera prolongado la existencia unas semanas sin la mínima calidad de vida deseable.

En vista de todo eso y para comentar como ha funcionado la medicación para los temblores, hago una consulta telefónica con la doctora de la nueva planta. Me confirma lo que ya imaginaba, que cada paciente es distinto, pero que las fases se parecen y pasan por el deterioro de la movilidad y otras funciones hasta llegar efectivamente a la pérdida de la posibilidad de ingerir alimentos. También que el medicamento efectivamente está funcionando bien, ya que los temblores han remitido.

En la conversación telefónica que mantenemos aprendo colateralmente otros datos: que la imposibilidad de andar o de realizar otras actividades no vienen por un deterioro físico, sino de tipo neurológico, es decir, no es que se queden sin fuerzas, sino que el cerebro deja de ser capaz de dar las instrucciones necesarias. Se confirma así esa sensación intuitiva de estos años de que estaba “desaprendiendo” en orden inverso todo lo aprendido en la vida.

La otra mala noticia, es que el medicamento que ahora combate los temblores en ocasiones deja de ser efectivo al cabo de una temporada y los temblores vuelven a presentarse con mayor virulencia. Tal vez es demasiado pronto para alegrarse por la desaparición de los temblores, pero en el peor de los casos habremos ganado un tiempo con mayor calidad de vida.

02 marzo 2011

4ª planta

Ya nos habían adelantado que era posible que el deterioro de mi padre aconsejara trasladarlo a la cuarta planta de la residencia. Ahora está en la tercera. Por un criterio organizativo y médico que parece lógico, los residentes se ubican por plantas en función de sus capacidades y el nivel de avance de su enfermedad. Obviamente, el tener un grupo más o menos homogéneo ayuda a darles una mejor atención, más adecuada a las necesidades de todos.

La teoría está muy bien, pero eso implica que "subir" de planta es asumir que se ha pasado a la siguiente fase de la enfermedad. Difícil de digerir. Al menos para mí.

Ante las primeras menciones a esa posibilidad, mi reacción fue siempre negativa, así que cuando llegó el "consejo" de pasarlo a la planta cuarta mi actitud fue de abierta resistencia. Es verdad que el estado general de mi padre había empeorado, pero el traslado significaba asumir que ese empeoramiento sería ya definitivo, sin vuelta atrás. Los argumentos del equipo médico seguramente eran razonables. Mi padre ya no era reactivo a ciertos estímulos. Pero mi temor es que precisamente en una planta donde habrá menos estímulos, le estamos también alentando a aletargarse.

A eso se añade la inquietud de si, a pesar de su aparente inmutabilidad, no sentirá que le estamos "desahuciando" y, como consecuencia, si no se dejará ir.

Después de contraatacar cada argumento, llego a la conclusión de que yo soy la única que no se resigna a asumir la nueva situación. Mis hermanos y el personal de la residencia parecen verlo claro. Así que cuando me quedo sola con mis argumentaciones asumo que tal vez la que no está viendo claro soy yo.

Quedamos de acuerdo en que harán el cambio en cuanto sea posible organizarlo. Mientras vuelvo hacia casa no puedo evitar sentir que estoy traicionando a mi padre.