Ya nos habían adelantado que era posible que el deterioro de mi padre aconsejara trasladarlo a la cuarta planta de la residencia. Ahora está en la tercera. Por un criterio organizativo y médico que parece lógico, los residentes se ubican por plantas en función de sus capacidades y el nivel de avance de su enfermedad. Obviamente, el tener un grupo más o menos homogéneo ayuda a darles una mejor atención, más adecuada a las necesidades de todos.
La teoría está muy bien, pero eso implica que "subir" de planta es asumir que se ha pasado a la siguiente fase de la enfermedad. Difícil de digerir. Al menos para mí.
Ante las primeras menciones a esa posibilidad, mi reacción fue siempre negativa, así que cuando llegó el "consejo" de pasarlo a la planta cuarta mi actitud fue de abierta resistencia. Es verdad que el estado general de mi padre había empeorado, pero el traslado significaba asumir que ese empeoramiento sería ya definitivo, sin vuelta atrás. Los argumentos del equipo médico seguramente eran razonables. Mi padre ya no era reactivo a ciertos estímulos. Pero mi temor es que precisamente en una planta donde habrá menos estímulos, le estamos también alentando a aletargarse.
A eso se añade la inquietud de si, a pesar de su aparente inmutabilidad, no sentirá que le estamos "desahuciando" y, como consecuencia, si no se dejará ir.
Después de contraatacar cada argumento, llego a la conclusión de que yo soy la única que no se resigna a asumir la nueva situación. Mis hermanos y el personal de la residencia parecen verlo claro. Así que cuando me quedo sola con mis argumentaciones asumo que tal vez la que no está viendo claro soy yo.
Quedamos de acuerdo en que harán el cambio en cuanto sea posible organizarlo. Mientras vuelvo hacia casa no puedo evitar sentir que estoy traicionando a mi padre.
La teoría está muy bien, pero eso implica que "subir" de planta es asumir que se ha pasado a la siguiente fase de la enfermedad. Difícil de digerir. Al menos para mí.
Ante las primeras menciones a esa posibilidad, mi reacción fue siempre negativa, así que cuando llegó el "consejo" de pasarlo a la planta cuarta mi actitud fue de abierta resistencia. Es verdad que el estado general de mi padre había empeorado, pero el traslado significaba asumir que ese empeoramiento sería ya definitivo, sin vuelta atrás. Los argumentos del equipo médico seguramente eran razonables. Mi padre ya no era reactivo a ciertos estímulos. Pero mi temor es que precisamente en una planta donde habrá menos estímulos, le estamos también alentando a aletargarse.
A eso se añade la inquietud de si, a pesar de su aparente inmutabilidad, no sentirá que le estamos "desahuciando" y, como consecuencia, si no se dejará ir.
Después de contraatacar cada argumento, llego a la conclusión de que yo soy la única que no se resigna a asumir la nueva situación. Mis hermanos y el personal de la residencia parecen verlo claro. Así que cuando me quedo sola con mis argumentaciones asumo que tal vez la que no está viendo claro soy yo.
Quedamos de acuerdo en que harán el cambio en cuanto sea posible organizarlo. Mientras vuelvo hacia casa no puedo evitar sentir que estoy traicionando a mi padre.
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