05 agosto 2010

Rindiendo cuentas

Lo que parece el título de un mal spaghetti western es en realidad uno de los trámites del proceso de tutela.

Hace algo más de un año declararon la incapacitación de mi padre y me nombraron tutora legal suya. Un paso necesario para poder gestionar sus asuntos económicos. Cuando nos dimos cuenta de que necesitaríamos poder gestionar sus bienes, mi padre ya no tenía capacidad para otorgar unos poderes, así que iniciamos la petición de incapacitación. El proceso hasta el final se prolongó durante año y medio.

Las obligaciones del tutor no son muchas, ya que lo fundamental, que es cuidar del bienestar del tutelado, es algo que ya suele hacer quien finalmente asume la tutela. El resto consiste en llevar y presentar un papeleo administrativo que justifique los movimientos económicos de los bienes del tutelado.

Más que horas de dedicación, eso significa ser constante, disciplinado y no tenerle miedo al papeleo judicial. Aunque esos requisitos me definen bastante bien, la tarea no deja de suponer un cierto desgaste, como casi todo, por otra parte, en este viaje.

Después de ser nombrado, el tutor tiene dos meses para presentar inventario de bienes. Salvo que el tutelado sea un potentado, con el certificado anual de la pensión, el saldo de las cuentas bancarias y la escritura de la vivienda habitual, se pasa. En mi caso hube de añadir cuatro “terrucas” que mi padre heredó de sus padres. Por suerte, hasta el advenimiento de su enfermedad mi padre era de los que lo guardan todo y además ordenado por temas; así que la tarea, aunque requirió horas de desbroce, también supuso un entrañable viaje por los legajos de la familia.

Este año me toca lo que se llama rendición de cuentas. Es decir, una vez declarados los bienes del tutelado, hay que dar cuenta anualmente de los movimientos: ingresos y gastos.

Tampoco suele ser muy complicado, pero es preferible hacerlo durante el año y no esperar al último momento.

La administrativa del juzgado me explicó que había que entregar dos copias en el juzgado, una en el registro civil y preparar otra para mí si quería quedarme constancia.

Estamos en agosto y estoy aprovechando los días de vacaciones para hacer todos los trámites posibles. Para empezar me toca ir por primera vez a la Ciudad de la Justicia ubicada en Hospitalet y, con todo lo que llevo oído, inicio mi misión con el ánimo de Indiana Jones buscando el Santo Grial: salgo de casa asumiendo que tendré que descifrar jeroglíficos, descubrir pasadizos secretos, superar pruebas mortales y enfrentarme a enemigos sobrenaturales. Como casi todas las leyendas urbanas, se queda en agua de borrajas.

Llego a la parada de Ildefons Cerdà de los Ferrocarriles de la Generalitat sin problemas y me oriento hasta la Ciudad de la Justicia sin más incidencias. Nada más pasar el control de seguridad un chico amabilísimo me pregunta si puede ayudarme. Le digo lo que busco y me indica a dónde dirigirme. Los juzgados están perfectamente identificados y localizo el mío a la primera. Con lo único con lo que no he contado es con que agosto es el mes de los suplentes. Yo llevo cuatro copias tal y como me indicó la administrativa del juzgado, pero intento confirmar con la persona que me atiende si una la he de presentar al Registro Civil y si esa copia me la ha de sellar también. Él no tiene ninguna noticia de que se haya de presentar nada al Registro (creo que ha entendido que le quiero dejar una copia allí para que ellos la presenten en él). Después de una conversación digna de película de los hermanos Marx, de que él me reconozca que habitualmente no está allí y de la preceptiva llamada telefónica a un compañero que debe saber más, salgo de allí con mis dos copias selladas. Ambos hemos aprendido algo. Yo, que de las dos copias para el juzgado, una es para el expediente y otra para el fiscal. El suplente, que efectivamente el tutor debe presentar otra copia en el Registro Civil y debe hacer una cuarta si se la quiere quedar para su archivo.

Aprovecho que es temprano para dirigirme al Registro Civil. La escena es casi la misma. Hay muy poca gente. De hecho, para "tutelas" sólo estoy yo y todo el mundo me mira como si fuera un ser de otro mundo. De nuevo, el hecho de que yo sea primeriza y la persona que me atiende un suplente(me lo acaba reconociendo cuando se agudizan las dudas al registrar el documento) hace que tengamos una conversación un tanto surrealista, pero aún así, el trámite es breve.

Listo, hasta el año que viene.

02 agosto 2010

Visita a la Dra. Flaca

Hace tres años deshojamos la margarita de la hidrocefalia. Parte del proceso para confirmar la demencia consiste en descartarla. La hidrocefalia, en las palabras que yo soy de capaz de explicarla, consiste en una falta de absorción del líquido que rodea al cerebro, el cual acaba ejerciendo una presión excesiva sobre él. Los síntomas suelen ser: problemas cognitivos, pérdida del control de esfínteres y problemas al caminar. El tratamiento consiste en poner una válvula que bombea el líquido desde el cráneo hasta la zona del abdomen, donde es más fácil que el organismo lo elimine o absorba.

Ya en su día el equipo de la Dra. Flaca nos advirtió -con cierta crudeza todo sea dicho de paso- que el proceso de mi padre parecía ser un caso mixto y que, aunque trataran la hidrocefalia, la demencia seguiría avanzando. En su favor hay que decir que tenían razón. Después de una mejora significativa durante seis meses, la demencia volvió a cabalgar a pasos agigantados. No nos arrepentimos. La intervención le proporcionó seis meses de una mejora considerable en su calidad de vida y, por ende, también a la de su entorno.

Hoy toca revisión. Cada salida de la residencia con mi padre es una aventura, significa romper su rutina diaria. Por suerte a mi padre siempre le gustó la gente y las nuevas experiencias y cualquier excursión o novedad suele recibirlas bien. Así que nos ponemos en marcha hacia Valle Hebrón a las 8:30 de la mañana, con una ambulancia que han pedido en la residencia y que compartimos con otro residente y su hermana, que también tienen visita a primera hora. La hermana está muy disgustada porque parecen haberse perdido los resultados de un análisis de sangre del residente; aunque durante los cuarenta y cinco minutos que dura el viaje queda claro que las quejas son múltiples y por todo.

Ir en ambulancia a Valle Hebrón tiene dos ventajas. Una es evidente, ya que la movilidad de mi padre es ya bastante reducida y de hecho hemos pedido prestada también una silla de ruedas para movernos por el hospital. La segunda es que el personal de la ambulancia suelen saber cómo llegar directamente a la consulta necesaria, lo cual en un centro como Valle Hebrón, en construcción perpetua, es muy de agradecer.

Cuando llegamos al módulo provisional que aloja ahora las consultas externas, nos informan que la última innovación revolucionaria del sistema sanitario exige que el propio usuario pase su tarjeta por un lector de códigos de barras y espere a ver en una pantalla plana adyacente si es admitido o no. Tenemos suerte y después del segundo intento aparece el mensaje en verde que confirma que nuestra visita consta entre las del día. Prueba conseguida, ya podemos esperar en la sala que hay a tal efecto.

El presupuesto del lector de códigos de barras debió ser muy elevado porque no ha quedado dinero para la más mínima rotulación, durante la hora y media larga que esperamos y mientras se va acumulando gente en la sala de espera, oímos en muchas ocasiones los resoplidos de los que entran acompañados por la frase “Sí que está esto escondido, llevamos media hora dando vueltas”.

A las 10:30 (teníamos hora a las 9:30 y hemos llegado a las 9:15) empiezo a dudar de si el lector habrá leído bien el código porque nadie ha preguntado por nosotros, pero justo cuando me levanto para indagar, la enfermera nos llama. Nos toca después de la visita que está atendiendo ya la doctora.

Seguimos sus indicaciones y nada más salir la anterior visita, entramos. La Dra. Flaca nos mira desaprobadoramente y me avisa de que tendremos que esperar a que acabe el informe de la visita anterior. Le respondo que no hay problema, que además nos movemos lentos y nos costará acomodarnos, como así es. Maniobrar con una persona de movilidad reducida y una silla de ruedas plegada en el pequeño despacho de un módulo prefabricado no resulta demasiado fácil.

Finalmente nos atiende y le indico que venimos a la revisión de la válvula. Le explico que después de tres años ha habido un empeoramiento general predecible. Antes de que pueda seguir suena su móvil y se pone a dar indicaciones a su interlocutor de forma totalmente detallada y con términos técnicos. Deduzco que está dirigiendo por control remoto una pequeña intervención o cura, que físicamente está haciendo la persona al otro lado del teléfono. Persona de la que no se fía mucho, porque insiste dos veces en que se lo repita todo. Yo me hago cruces de que lo que sea haya salido bien. A mí me ha parecido complicadísimo.

Sigue con nuestra visita. Dado que los problemas de movilidad han empeorado recientemente decide abrirle la válvula totalmente. Y con eso nos despacha. Próxima revisión, dentro de dos años.

Dios mediante, pienso para mis adentros, pero pedimos hora antes de irnos en el mostrador de la entrada.

Nota al título: El nombre de la Dra. es, por supuesto, un alias. Aunque el nombre real no difiere mucho y el mote la describe bastante bien. Puesto que la intención en este blog no es criticar ni molestar a nadie, sino poner ejemplos de los pasos realizados por si le son de utilidad a alguien que se encuentre en el mismo caso, no utilizaré nombres reales porque no son necesarios para ilustrar los problemas ni las soluciones.