Lo que parece el título de un mal spaghetti western es en realidad uno de los trámites del proceso de tutela.
Hace algo más de un año declararon la incapacitación de mi padre y me nombraron tutora legal suya. Un paso necesario para poder gestionar sus asuntos económicos. Cuando nos dimos cuenta de que necesitaríamos poder gestionar sus bienes, mi padre ya no tenía capacidad para otorgar unos poderes, así que iniciamos la petición de incapacitación. El proceso hasta el final se prolongó durante año y medio.
Las obligaciones del tutor no son muchas, ya que lo fundamental, que es cuidar del bienestar del tutelado, es algo que ya suele hacer quien finalmente asume la tutela. El resto consiste en llevar y presentar un papeleo administrativo que justifique los movimientos económicos de los bienes del tutelado.
Más que horas de dedicación, eso significa ser constante, disciplinado y no tenerle miedo al papeleo judicial. Aunque esos requisitos me definen bastante bien, la tarea no deja de suponer un cierto desgaste, como casi todo, por otra parte, en este viaje.
Después de ser nombrado, el tutor tiene dos meses para presentar inventario de bienes. Salvo que el tutelado sea un potentado, con el certificado anual de la pensión, el saldo de las cuentas bancarias y la escritura de la vivienda habitual, se pasa. En mi caso hube de añadir cuatro “terrucas” que mi padre heredó de sus padres. Por suerte, hasta el advenimiento de su enfermedad mi padre era de los que lo guardan todo y además ordenado por temas; así que la tarea, aunque requirió horas de desbroce, también supuso un entrañable viaje por los legajos de la familia.
Este año me toca lo que se llama rendición de cuentas. Es decir, una vez declarados los bienes del tutelado, hay que dar cuenta anualmente de los movimientos: ingresos y gastos.
Tampoco suele ser muy complicado, pero es preferible hacerlo durante el año y no esperar al último momento.
La administrativa del juzgado me explicó que había que entregar dos copias en el juzgado, una en el registro civil y preparar otra para mí si quería quedarme constancia.
Estamos en agosto y estoy aprovechando los días de vacaciones para hacer todos los trámites posibles. Para empezar me toca ir por primera vez a la Ciudad de la Justicia ubicada en Hospitalet y, con todo lo que llevo oído, inicio mi misión con el ánimo de Indiana Jones buscando el Santo Grial: salgo de casa asumiendo que tendré que descifrar jeroglíficos, descubrir pasadizos secretos, superar pruebas mortales y enfrentarme a enemigos sobrenaturales. Como casi todas las leyendas urbanas, se queda en agua de borrajas.
Llego a la parada de Ildefons Cerdà de los Ferrocarriles de la Generalitat sin problemas y me oriento hasta la Ciudad de la Justicia sin más incidencias. Nada más pasar el control de seguridad un chico amabilísimo me pregunta si puede ayudarme. Le digo lo que busco y me indica a dónde dirigirme. Los juzgados están perfectamente identificados y localizo el mío a la primera. Con lo único con lo que no he contado es con que agosto es el mes de los suplentes. Yo llevo cuatro copias tal y como me indicó la administrativa del juzgado, pero intento confirmar con la persona que me atiende si una la he de presentar al Registro Civil y si esa copia me la ha de sellar también. Él no tiene ninguna noticia de que se haya de presentar nada al Registro (creo que ha entendido que le quiero dejar una copia allí para que ellos la presenten en él). Después de una conversación digna de película de los hermanos Marx, de que él me reconozca que habitualmente no está allí y de la preceptiva llamada telefónica a un compañero que debe saber más, salgo de allí con mis dos copias selladas. Ambos hemos aprendido algo. Yo, que de las dos copias para el juzgado, una es para el expediente y otra para el fiscal. El suplente, que efectivamente el tutor debe presentar otra copia en el Registro Civil y debe hacer una cuarta si se la quiere quedar para su archivo.
Aprovecho que es temprano para dirigirme al Registro Civil. La escena es casi la misma. Hay muy poca gente. De hecho, para "tutelas" sólo estoy yo y todo el mundo me mira como si fuera un ser de otro mundo. De nuevo, el hecho de que yo sea primeriza y la persona que me atiende un suplente(me lo acaba reconociendo cuando se agudizan las dudas al registrar el documento) hace que tengamos una conversación un tanto surrealista, pero aún así, el trámite es breve.
Listo, hasta el año que viene.
Hace algo más de un año declararon la incapacitación de mi padre y me nombraron tutora legal suya. Un paso necesario para poder gestionar sus asuntos económicos. Cuando nos dimos cuenta de que necesitaríamos poder gestionar sus bienes, mi padre ya no tenía capacidad para otorgar unos poderes, así que iniciamos la petición de incapacitación. El proceso hasta el final se prolongó durante año y medio.
Las obligaciones del tutor no son muchas, ya que lo fundamental, que es cuidar del bienestar del tutelado, es algo que ya suele hacer quien finalmente asume la tutela. El resto consiste en llevar y presentar un papeleo administrativo que justifique los movimientos económicos de los bienes del tutelado.
Más que horas de dedicación, eso significa ser constante, disciplinado y no tenerle miedo al papeleo judicial. Aunque esos requisitos me definen bastante bien, la tarea no deja de suponer un cierto desgaste, como casi todo, por otra parte, en este viaje.
Después de ser nombrado, el tutor tiene dos meses para presentar inventario de bienes. Salvo que el tutelado sea un potentado, con el certificado anual de la pensión, el saldo de las cuentas bancarias y la escritura de la vivienda habitual, se pasa. En mi caso hube de añadir cuatro “terrucas” que mi padre heredó de sus padres. Por suerte, hasta el advenimiento de su enfermedad mi padre era de los que lo guardan todo y además ordenado por temas; así que la tarea, aunque requirió horas de desbroce, también supuso un entrañable viaje por los legajos de la familia.
Este año me toca lo que se llama rendición de cuentas. Es decir, una vez declarados los bienes del tutelado, hay que dar cuenta anualmente de los movimientos: ingresos y gastos.
Tampoco suele ser muy complicado, pero es preferible hacerlo durante el año y no esperar al último momento.
La administrativa del juzgado me explicó que había que entregar dos copias en el juzgado, una en el registro civil y preparar otra para mí si quería quedarme constancia.
Estamos en agosto y estoy aprovechando los días de vacaciones para hacer todos los trámites posibles. Para empezar me toca ir por primera vez a la Ciudad de la Justicia ubicada en Hospitalet y, con todo lo que llevo oído, inicio mi misión con el ánimo de Indiana Jones buscando el Santo Grial: salgo de casa asumiendo que tendré que descifrar jeroglíficos, descubrir pasadizos secretos, superar pruebas mortales y enfrentarme a enemigos sobrenaturales. Como casi todas las leyendas urbanas, se queda en agua de borrajas.
Llego a la parada de Ildefons Cerdà de los Ferrocarriles de la Generalitat sin problemas y me oriento hasta la Ciudad de la Justicia sin más incidencias. Nada más pasar el control de seguridad un chico amabilísimo me pregunta si puede ayudarme. Le digo lo que busco y me indica a dónde dirigirme. Los juzgados están perfectamente identificados y localizo el mío a la primera. Con lo único con lo que no he contado es con que agosto es el mes de los suplentes. Yo llevo cuatro copias tal y como me indicó la administrativa del juzgado, pero intento confirmar con la persona que me atiende si una la he de presentar al Registro Civil y si esa copia me la ha de sellar también. Él no tiene ninguna noticia de que se haya de presentar nada al Registro (creo que ha entendido que le quiero dejar una copia allí para que ellos la presenten en él). Después de una conversación digna de película de los hermanos Marx, de que él me reconozca que habitualmente no está allí y de la preceptiva llamada telefónica a un compañero que debe saber más, salgo de allí con mis dos copias selladas. Ambos hemos aprendido algo. Yo, que de las dos copias para el juzgado, una es para el expediente y otra para el fiscal. El suplente, que efectivamente el tutor debe presentar otra copia en el Registro Civil y debe hacer una cuarta si se la quiere quedar para su archivo.
Aprovecho que es temprano para dirigirme al Registro Civil. La escena es casi la misma. Hay muy poca gente. De hecho, para "tutelas" sólo estoy yo y todo el mundo me mira como si fuera un ser de otro mundo. De nuevo, el hecho de que yo sea primeriza y la persona que me atiende un suplente(me lo acaba reconociendo cuando se agudizan las dudas al registrar el documento) hace que tengamos una conversación un tanto surrealista, pero aún así, el trámite es breve.
Listo, hasta el año que viene.
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