Hace tres años deshojamos la margarita de la hidrocefalia. Parte del proceso para confirmar la demencia consiste en descartarla. La hidrocefalia, en las palabras que yo soy de capaz de explicarla, consiste en una falta de absorción del líquido que rodea al cerebro, el cual acaba ejerciendo una presión excesiva sobre él. Los síntomas suelen ser: problemas cognitivos, pérdida del control de esfínteres y problemas al caminar. El tratamiento consiste en poner una válvula que bombea el líquido desde el cráneo hasta la zona del abdomen, donde es más fácil que el organismo lo elimine o absorba.
Ya en su día el equipo de la Dra. Flaca nos advirtió -con cierta crudeza todo sea dicho de paso- que el proceso de mi padre parecía ser un caso mixto y que, aunque trataran la hidrocefalia, la demencia seguiría avanzando. En su favor hay que decir que tenían razón. Después de una mejora significativa durante seis meses, la demencia volvió a cabalgar a pasos agigantados. No nos arrepentimos. La intervención le proporcionó seis meses de una mejora considerable en su calidad de vida y, por ende, también a la de su entorno.
Hoy toca revisión. Cada salida de la residencia con mi padre es una aventura, significa romper su rutina diaria. Por suerte a mi padre siempre le gustó la gente y las nuevas experiencias y cualquier excursión o novedad suele recibirlas bien. Así que nos ponemos en marcha hacia Valle Hebrón a las 8:30 de la mañana, con una ambulancia que han pedido en la residencia y que compartimos con otro residente y su hermana, que también tienen visita a primera hora. La hermana está muy disgustada porque parecen haberse perdido los resultados de un análisis de sangre del residente; aunque durante los cuarenta y cinco minutos que dura el viaje queda claro que las quejas son múltiples y por todo.
Ir en ambulancia a Valle Hebrón tiene dos ventajas. Una es evidente, ya que la movilidad de mi padre es ya bastante reducida y de hecho hemos pedido prestada también una silla de ruedas para movernos por el hospital. La segunda es que el personal de la ambulancia suelen saber cómo llegar directamente a la consulta necesaria, lo cual en un centro como Valle Hebrón, en construcción perpetua, es muy de agradecer.
Cuando llegamos al módulo provisional que aloja ahora las consultas externas, nos informan que la última innovación revolucionaria del sistema sanitario exige que el propio usuario pase su tarjeta por un lector de códigos de barras y espere a ver en una pantalla plana adyacente si es admitido o no. Tenemos suerte y después del segundo intento aparece el mensaje en verde que confirma que nuestra visita consta entre las del día. Prueba conseguida, ya podemos esperar en la sala que hay a tal efecto.
El presupuesto del lector de códigos de barras debió ser muy elevado porque no ha quedado dinero para la más mínima rotulación, durante la hora y media larga que esperamos y mientras se va acumulando gente en la sala de espera, oímos en muchas ocasiones los resoplidos de los que entran acompañados por la frase “Sí que está esto escondido, llevamos media hora dando vueltas”.
A las 10:30 (teníamos hora a las 9:30 y hemos llegado a las 9:15) empiezo a dudar de si el lector habrá leído bien el código porque nadie ha preguntado por nosotros, pero justo cuando me levanto para indagar, la enfermera nos llama. Nos toca después de la visita que está atendiendo ya la doctora.
Seguimos sus indicaciones y nada más salir la anterior visita, entramos. La Dra. Flaca nos mira desaprobadoramente y me avisa de que tendremos que esperar a que acabe el informe de la visita anterior. Le respondo que no hay problema, que además nos movemos lentos y nos costará acomodarnos, como así es. Maniobrar con una persona de movilidad reducida y una silla de ruedas plegada en el pequeño despacho de un módulo prefabricado no resulta demasiado fácil.
Finalmente nos atiende y le indico que venimos a la revisión de la válvula. Le explico que después de tres años ha habido un empeoramiento general predecible. Antes de que pueda seguir suena su móvil y se pone a dar indicaciones a su interlocutor de forma totalmente detallada y con términos técnicos. Deduzco que está dirigiendo por control remoto una pequeña intervención o cura, que físicamente está haciendo la persona al otro lado del teléfono. Persona de la que no se fía mucho, porque insiste dos veces en que se lo repita todo. Yo me hago cruces de que lo que sea haya salido bien. A mí me ha parecido complicadísimo.
Sigue con nuestra visita. Dado que los problemas de movilidad han empeorado recientemente decide abrirle la válvula totalmente. Y con eso nos despacha. Próxima revisión, dentro de dos años.
Dios mediante, pienso para mis adentros, pero pedimos hora antes de irnos en el mostrador de la entrada.
Ya en su día el equipo de la Dra. Flaca nos advirtió -con cierta crudeza todo sea dicho de paso- que el proceso de mi padre parecía ser un caso mixto y que, aunque trataran la hidrocefalia, la demencia seguiría avanzando. En su favor hay que decir que tenían razón. Después de una mejora significativa durante seis meses, la demencia volvió a cabalgar a pasos agigantados. No nos arrepentimos. La intervención le proporcionó seis meses de una mejora considerable en su calidad de vida y, por ende, también a la de su entorno.
Hoy toca revisión. Cada salida de la residencia con mi padre es una aventura, significa romper su rutina diaria. Por suerte a mi padre siempre le gustó la gente y las nuevas experiencias y cualquier excursión o novedad suele recibirlas bien. Así que nos ponemos en marcha hacia Valle Hebrón a las 8:30 de la mañana, con una ambulancia que han pedido en la residencia y que compartimos con otro residente y su hermana, que también tienen visita a primera hora. La hermana está muy disgustada porque parecen haberse perdido los resultados de un análisis de sangre del residente; aunque durante los cuarenta y cinco minutos que dura el viaje queda claro que las quejas son múltiples y por todo.
Ir en ambulancia a Valle Hebrón tiene dos ventajas. Una es evidente, ya que la movilidad de mi padre es ya bastante reducida y de hecho hemos pedido prestada también una silla de ruedas para movernos por el hospital. La segunda es que el personal de la ambulancia suelen saber cómo llegar directamente a la consulta necesaria, lo cual en un centro como Valle Hebrón, en construcción perpetua, es muy de agradecer.
Cuando llegamos al módulo provisional que aloja ahora las consultas externas, nos informan que la última innovación revolucionaria del sistema sanitario exige que el propio usuario pase su tarjeta por un lector de códigos de barras y espere a ver en una pantalla plana adyacente si es admitido o no. Tenemos suerte y después del segundo intento aparece el mensaje en verde que confirma que nuestra visita consta entre las del día. Prueba conseguida, ya podemos esperar en la sala que hay a tal efecto.
El presupuesto del lector de códigos de barras debió ser muy elevado porque no ha quedado dinero para la más mínima rotulación, durante la hora y media larga que esperamos y mientras se va acumulando gente en la sala de espera, oímos en muchas ocasiones los resoplidos de los que entran acompañados por la frase “Sí que está esto escondido, llevamos media hora dando vueltas”.
A las 10:30 (teníamos hora a las 9:30 y hemos llegado a las 9:15) empiezo a dudar de si el lector habrá leído bien el código porque nadie ha preguntado por nosotros, pero justo cuando me levanto para indagar, la enfermera nos llama. Nos toca después de la visita que está atendiendo ya la doctora.
Seguimos sus indicaciones y nada más salir la anterior visita, entramos. La Dra. Flaca nos mira desaprobadoramente y me avisa de que tendremos que esperar a que acabe el informe de la visita anterior. Le respondo que no hay problema, que además nos movemos lentos y nos costará acomodarnos, como así es. Maniobrar con una persona de movilidad reducida y una silla de ruedas plegada en el pequeño despacho de un módulo prefabricado no resulta demasiado fácil.
Finalmente nos atiende y le indico que venimos a la revisión de la válvula. Le explico que después de tres años ha habido un empeoramiento general predecible. Antes de que pueda seguir suena su móvil y se pone a dar indicaciones a su interlocutor de forma totalmente detallada y con términos técnicos. Deduzco que está dirigiendo por control remoto una pequeña intervención o cura, que físicamente está haciendo la persona al otro lado del teléfono. Persona de la que no se fía mucho, porque insiste dos veces en que se lo repita todo. Yo me hago cruces de que lo que sea haya salido bien. A mí me ha parecido complicadísimo.
Sigue con nuestra visita. Dado que los problemas de movilidad han empeorado recientemente decide abrirle la válvula totalmente. Y con eso nos despacha. Próxima revisión, dentro de dos años.
Dios mediante, pienso para mis adentros, pero pedimos hora antes de irnos en el mostrador de la entrada.
Nota al título: El nombre de la Dra. es, por supuesto, un alias. Aunque el nombre real no difiere mucho y el mote la describe bastante bien. Puesto que la intención en este blog no es criticar ni molestar a nadie, sino poner ejemplos de los pasos realizados por si le son de utilidad a alguien que se encuentre en el mismo caso, no utilizaré nombres reales porque no son necesarios para ilustrar los problemas ni las soluciones.
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