Este viaje al origen nos ha enseñado a apreciar la dificultad de un sinfín de tareas que vivimos como algo natural. Con el camino de des-aprendizaje que llevamos recorrido, se hace evidente que no hay nada menos natural que hablar coherentemente y con sentido dentro de un contexto o entender, por ejemplo, por qué te reflejas en el espejo.
Curiosamente, el camino se desanda en el lógico orden inverso al que se recorrió. Primero se perdió la capacidad de hacer cálculos matemáticos más complejos, después los más sencillos y la capacidad de leer y escribir. Finalmente la mano ya no es capaz de reproducir la firma de siempre.
Por eso ahora cualquier reacción “natural” se convierte en una alegría extraordinaria. Hace unos días que mi padre parece caminar un poco mejor y que aparenta estar más “despierto”. Hoy me sorprendió lanzando algunas palabras.
La primera experiencia quise achacarla a la casualidad. La comunicación se ha reducido casi siempre a preguntas cerradas, para que mi padre sólo tenga que contestar SÍ o No. A veces hasta eso es demasiado esperar, pero en casos flagrantes aún funciona. Por ejemplo, cuando le preguntamos si tiene frío, solemos recibir un sí o un no bastante claros. Ayer después de un sí muy convincente le puse su chaqueta de lana. Al cabo de un rato, cuando me parecía bastante evidente que bajo el sol directo y con la chaqueta no podía tener frío, volví a preguntar. La respuesta fue un “ahora no” que me dejo estupefacta. “Ahora no” significa ser consciente de que ha habido un antes y de que en ese antes “sí” tenía frío. Además significa ser capaz de hacérselo entender al otro.
Poco después vendría la segunda sorpresa. Aprovechando el buen tiempo, salimos a dar el paseo habitual. Sentados en un banco, él merendaba un zumo mientras yo escribía en mi libreta mis apuntes para este blog. De repente oí un:
- ¿Lo tiro?
Cuando me giré vi a mi padre mostrándome el envase vacio del zumo y apuntando después hacia la papelera.
La frase es corta y no precisamente muy elaborada; pero cuando ya se ha perdido la costumbre de la fluidez en la comunicación hablada, uno se entretiene en analizar todo lo que el interlocutor que construye una frase ha comprendido: que el zumo se ha acabado, que lo que corresponde hacer con un envase vacío es dejarlo en una papelera, que un sustantivo de género masculino puede sustituirse por el pronombre “lo”, etc. Además se han de recordar las palabras necesarias y poner la entonación adecuada.
Teniendo en cuenta que algunas personas en sus “plenas facultades mentales” tienen serias dificultades para entender lo de la papelera y lo del pronombre, de repente me siento muy orgullosa de mi padre.
Curiosamente, el camino se desanda en el lógico orden inverso al que se recorrió. Primero se perdió la capacidad de hacer cálculos matemáticos más complejos, después los más sencillos y la capacidad de leer y escribir. Finalmente la mano ya no es capaz de reproducir la firma de siempre.
Por eso ahora cualquier reacción “natural” se convierte en una alegría extraordinaria. Hace unos días que mi padre parece caminar un poco mejor y que aparenta estar más “despierto”. Hoy me sorprendió lanzando algunas palabras.
La primera experiencia quise achacarla a la casualidad. La comunicación se ha reducido casi siempre a preguntas cerradas, para que mi padre sólo tenga que contestar SÍ o No. A veces hasta eso es demasiado esperar, pero en casos flagrantes aún funciona. Por ejemplo, cuando le preguntamos si tiene frío, solemos recibir un sí o un no bastante claros. Ayer después de un sí muy convincente le puse su chaqueta de lana. Al cabo de un rato, cuando me parecía bastante evidente que bajo el sol directo y con la chaqueta no podía tener frío, volví a preguntar. La respuesta fue un “ahora no” que me dejo estupefacta. “Ahora no” significa ser consciente de que ha habido un antes y de que en ese antes “sí” tenía frío. Además significa ser capaz de hacérselo entender al otro.
Poco después vendría la segunda sorpresa. Aprovechando el buen tiempo, salimos a dar el paseo habitual. Sentados en un banco, él merendaba un zumo mientras yo escribía en mi libreta mis apuntes para este blog. De repente oí un:
- ¿Lo tiro?
Cuando me giré vi a mi padre mostrándome el envase vacio del zumo y apuntando después hacia la papelera.
La frase es corta y no precisamente muy elaborada; pero cuando ya se ha perdido la costumbre de la fluidez en la comunicación hablada, uno se entretiene en analizar todo lo que el interlocutor que construye una frase ha comprendido: que el zumo se ha acabado, que lo que corresponde hacer con un envase vacío es dejarlo en una papelera, que un sustantivo de género masculino puede sustituirse por el pronombre “lo”, etc. Además se han de recordar las palabras necesarias y poner la entonación adecuada.
Teniendo en cuenta que algunas personas en sus “plenas facultades mentales” tienen serias dificultades para entender lo de la papelera y lo del pronombre, de repente me siento muy orgullosa de mi padre.