22 septiembre 2010

¿Lo tiro?

Este viaje al origen nos ha enseñado a apreciar la dificultad de un sinfín de tareas que vivimos como algo natural. Con el camino de des-aprendizaje que llevamos recorrido, se hace evidente que no hay nada menos natural que hablar coherentemente y con sentido dentro de un contexto o entender, por ejemplo, por qué te reflejas en el espejo.

Curiosamente, el camino se desanda en el lógico orden inverso al que se recorrió. Primero se perdió la capacidad de hacer cálculos matemáticos más complejos, después los más sencillos y la capacidad de leer y escribir. Finalmente la mano ya no es capaz de reproducir la firma de siempre.

Por eso ahora cualquier reacción “natural” se convierte en una alegría extraordinaria. Hace unos días que mi padre parece caminar un poco mejor y que aparenta estar más “despierto”. Hoy me sorprendió lanzando algunas palabras.

La primera experiencia quise achacarla a la casualidad. La comunicación se ha reducido casi siempre a preguntas cerradas, para que mi padre sólo tenga que contestar SÍ o No. A veces hasta eso es demasiado esperar, pero en casos flagrantes aún funciona. Por ejemplo, cuando le preguntamos si tiene frío, solemos recibir un sí o un no bastante claros. Ayer después de un sí muy convincente le puse su chaqueta de lana. Al cabo de un rato, cuando me parecía bastante evidente que bajo el sol directo y con la chaqueta no podía tener frío, volví a preguntar. La respuesta fue un “ahora no” que me dejo estupefacta. “Ahora no” significa ser consciente de que ha habido un antes y de que en ese antes “sí” tenía frío. Además significa ser capaz de hacérselo entender al otro.

Poco después vendría la segunda sorpresa. Aprovechando el buen tiempo, salimos a dar el paseo habitual. Sentados en un banco, él merendaba un zumo mientras yo escribía en mi libreta mis apuntes para este blog. De repente oí un:

- ¿Lo tiro?

Cuando me giré vi a mi padre mostrándome el envase vacio del zumo y apuntando después hacia la papelera.

La frase es corta y no precisamente muy elaborada; pero cuando ya se ha perdido la costumbre de la fluidez en la comunicación hablada, uno se entretiene en analizar todo lo que el interlocutor que construye una frase ha comprendido: que el zumo se ha acabado, que lo que corresponde hacer con un envase vacío es dejarlo en una papelera, que un sustantivo de género masculino puede sustituirse por el pronombre “lo”, etc. Además se han de recordar las palabras necesarias y poner la entonación adecuada.

Teniendo en cuenta que algunas personas en sus “plenas facultades mentales” tienen serias dificultades para entender lo de la papelera y lo del pronombre, de repente me siento muy orgullosa de mi padre.

13 septiembre 2010

80 primaveras

Ayer fue el cumpleaños de mi padre. Ha alcanzado los 80. Un número bien redondo. Hicimos celebración familiar en la terraza de la residencia. Este año asistieron su hermano y su cuñada, que vinieron expresamente desde Madrid.

Las celebraciones, aunque sean con gente que habitualmente no ve, suelen gustarle. Si además hay dulces de por medio, las recibe entusiasmado.

No es habitual que tenga más visitas que las de mis hermanos y la mía, pero estas últimas semanas han desfilado por la ciudad varios parientes que se han acercado a verle.

Mi padre apenas habla, pero se hace entender. Sabemos que no es capaz de recordar nombres o el tipo de relación que le une a las personas; pero sí parece reconocer los rostros e identificarlos como los de alguien conocido.

Curiosamente, después de tener la oportunidad de ver sus reacciones ante las diferentes visitas, y aún sin ninguna base científica, una se aventura a decir que de alguna manera sabe cómo fue su relación con ellos. Tal vez sea un rescoldo de memoria o un instinto profundo, pero cuesta encontrar otra explicación para que se emocione e intente hablar con quienes le unió un cariño especial y, sin embargo, trate con desapego a quienes de una u otra manera le trataron displicentemente.

80 primaveras y 80 veranos. Habrá que atravesar un otoño y un invierno para llegar a la próxima.

09 septiembre 2010

Microondas

Cuando mi padre empezó a tener problemas de lenguaje y de memoria, le insistimos para que lo comentara con su médico de cabecera. Teniendo en cuenta que se pasaba la vida en el Centro de Atención Primaria (CAP) del barrio, le sugerimos que aprovechando alguna de sus visitas regulares -controles de enfermería, revisión de operaciones varias, recogida de recetas y un largo etcétera- le explicara que empezaba a tener problemas para encontrar algunas palabras y para recordar cosas.

Después de varias visitas sin que abordara el problema porque, como él reconocía y era de esperar, no se acordaba nunca, decidí acompañarle un día personalmente al CAP para cerciorarme de que el tema se tratase.

Mientras yo intentaba explicarle a la doctora los problemas cada vez mayores de mi padre para que "le salieran las palabras"; él, ante el pasmo de la doctora y el mío, interrumpió de golpe mi relato con un sonoro "¡Sí!" y saco de su cartera un papel que guardaba plegado cuidadosamente entre la tarjeta de autobús y la de la Seguridad Social. Cuando acabó de desplegarlo, un tanto nervioso, nos leyó con dificultad la única palabra que había escrita en el papel.

- Mi-cro-on-das, ¡nunca me acuerdo de esa palabra! - Lo soltó como si por fin se hubiera podido sacar un gran peso de encima.

La había escrito en un papel para poder consultarla cada vez que no le salía. Ese fue el primer truco que inventó para luchar con la enfermedad.

Poco a poco, ante cada nueva dificultad, ante cada peldaño descendido, fuimos desarrollando el ingenio para superar las limitaciones. Algunos se convirtieron en un juego. Como cuando le animabamos a que describiera con otros términos la palabra que en ese momento no venía a su memoria. "¿Para qué sirve" - le preguntábamos - "¿Dónde lo guardas?" y los demás teníamos que ir averiguando con sus pistas a qué se refería. Así conseguíamos que no se pusiera más nervioso, demostrándole que no recordar una palabra no le impedía comunicarse con los demás.

Cuando el tiempo también empezó a escapársele, recortaba cada día la esquina de alguna página del periódico, dónde está la fecha, y lo guardaba en su cartera. Era su forma de poder saber en todo momento qué día era.

Nunca se ha rendido, aunque haya sido consciente de las batallas perdidas.

Hasta yo, que ya he pasado de largo el ecuador de mi vida hasta en la más optimista de las expectativas, he empezado a utilizar los trucos aprendidos.

Estos días, que me paso el día intentando recordar la palabra que describe esas gafas que te permiten leer tanto de lejos como de cerca, he estado tentada de escribir la palabra "pro-gre-si-vas" en un papelito y guardarlo en el monedero.