13 septiembre 2010

80 primaveras

Ayer fue el cumpleaños de mi padre. Ha alcanzado los 80. Un número bien redondo. Hicimos celebración familiar en la terraza de la residencia. Este año asistieron su hermano y su cuñada, que vinieron expresamente desde Madrid.

Las celebraciones, aunque sean con gente que habitualmente no ve, suelen gustarle. Si además hay dulces de por medio, las recibe entusiasmado.

No es habitual que tenga más visitas que las de mis hermanos y la mía, pero estas últimas semanas han desfilado por la ciudad varios parientes que se han acercado a verle.

Mi padre apenas habla, pero se hace entender. Sabemos que no es capaz de recordar nombres o el tipo de relación que le une a las personas; pero sí parece reconocer los rostros e identificarlos como los de alguien conocido.

Curiosamente, después de tener la oportunidad de ver sus reacciones ante las diferentes visitas, y aún sin ninguna base científica, una se aventura a decir que de alguna manera sabe cómo fue su relación con ellos. Tal vez sea un rescoldo de memoria o un instinto profundo, pero cuesta encontrar otra explicación para que se emocione e intente hablar con quienes le unió un cariño especial y, sin embargo, trate con desapego a quienes de una u otra manera le trataron displicentemente.

80 primaveras y 80 veranos. Habrá que atravesar un otoño y un invierno para llegar a la próxima.

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