Cuando mi padre empezó a tener problemas de lenguaje y de memoria, le insistimos para que lo comentara con su médico de cabecera. Teniendo en cuenta que se pasaba la vida en el Centro de Atención Primaria (CAP) del barrio, le sugerimos que aprovechando alguna de sus visitas regulares -controles de enfermería, revisión de operaciones varias, recogida de recetas y un largo etcétera- le explicara que empezaba a tener problemas para encontrar algunas palabras y para recordar cosas.
Después de varias visitas sin que abordara el problema porque, como él reconocía y era de esperar, no se acordaba nunca, decidí acompañarle un día personalmente al CAP para cerciorarme de que el tema se tratase.
Mientras yo intentaba explicarle a la doctora los problemas cada vez mayores de mi padre para que "le salieran las palabras"; él, ante el pasmo de la doctora y el mío, interrumpió de golpe mi relato con un sonoro "¡Sí!" y saco de su cartera un papel que guardaba plegado cuidadosamente entre la tarjeta de autobús y la de la Seguridad Social. Cuando acabó de desplegarlo, un tanto nervioso, nos leyó con dificultad la única palabra que había escrita en el papel.
- Mi-cro-on-das, ¡nunca me acuerdo de esa palabra! - Lo soltó como si por fin se hubiera podido sacar un gran peso de encima.
La había escrito en un papel para poder consultarla cada vez que no le salía. Ese fue el primer truco que inventó para luchar con la enfermedad.
Poco a poco, ante cada nueva dificultad, ante cada peldaño descendido, fuimos desarrollando el ingenio para superar las limitaciones. Algunos se convirtieron en un juego. Como cuando le animabamos a que describiera con otros términos la palabra que en ese momento no venía a su memoria. "¿Para qué sirve" - le preguntábamos - "¿Dónde lo guardas?" y los demás teníamos que ir averiguando con sus pistas a qué se refería. Así conseguíamos que no se pusiera más nervioso, demostrándole que no recordar una palabra no le impedía comunicarse con los demás.
Cuando el tiempo también empezó a escapársele, recortaba cada día la esquina de alguna página del periódico, dónde está la fecha, y lo guardaba en su cartera. Era su forma de poder saber en todo momento qué día era.
Nunca se ha rendido, aunque haya sido consciente de las batallas perdidas.
Hasta yo, que ya he pasado de largo el ecuador de mi vida hasta en la más optimista de las expectativas, he empezado a utilizar los trucos aprendidos.
Estos días, que me paso el día intentando recordar la palabra que describe esas gafas que te permiten leer tanto de lejos como de cerca, he estado tentada de escribir la palabra "pro-gre-si-vas" en un papelito y guardarlo en el monedero.
Después de varias visitas sin que abordara el problema porque, como él reconocía y era de esperar, no se acordaba nunca, decidí acompañarle un día personalmente al CAP para cerciorarme de que el tema se tratase.
Mientras yo intentaba explicarle a la doctora los problemas cada vez mayores de mi padre para que "le salieran las palabras"; él, ante el pasmo de la doctora y el mío, interrumpió de golpe mi relato con un sonoro "¡Sí!" y saco de su cartera un papel que guardaba plegado cuidadosamente entre la tarjeta de autobús y la de la Seguridad Social. Cuando acabó de desplegarlo, un tanto nervioso, nos leyó con dificultad la única palabra que había escrita en el papel.
- Mi-cro-on-das, ¡nunca me acuerdo de esa palabra! - Lo soltó como si por fin se hubiera podido sacar un gran peso de encima.
La había escrito en un papel para poder consultarla cada vez que no le salía. Ese fue el primer truco que inventó para luchar con la enfermedad.
Poco a poco, ante cada nueva dificultad, ante cada peldaño descendido, fuimos desarrollando el ingenio para superar las limitaciones. Algunos se convirtieron en un juego. Como cuando le animabamos a que describiera con otros términos la palabra que en ese momento no venía a su memoria. "¿Para qué sirve" - le preguntábamos - "¿Dónde lo guardas?" y los demás teníamos que ir averiguando con sus pistas a qué se refería. Así conseguíamos que no se pusiera más nervioso, demostrándole que no recordar una palabra no le impedía comunicarse con los demás.
Cuando el tiempo también empezó a escapársele, recortaba cada día la esquina de alguna página del periódico, dónde está la fecha, y lo guardaba en su cartera. Era su forma de poder saber en todo momento qué día era.
Nunca se ha rendido, aunque haya sido consciente de las batallas perdidas.
Hasta yo, que ya he pasado de largo el ecuador de mi vida hasta en la más optimista de las expectativas, he empezado a utilizar los trucos aprendidos.
Estos días, que me paso el día intentando recordar la palabra que describe esas gafas que te permiten leer tanto de lejos como de cerca, he estado tentada de escribir la palabra "pro-gre-si-vas" en un papelito y guardarlo en el monedero.
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