En esta experiencia hay una serie de etapas en las que todos recalamos.
Una de ellas es el momento en que se asume que el enfermo necesita control y supervisión las 24 horas de cada uno de los 365 días del año. 366 los bisiestos. Siento ser puntillosa, pero es que lo duro es precisamente eso: reconocer que no es posible permitirse ni un momento de respiro o de relajación.
Posibilidades de elección no hay muchas, sobre todo si el soporte familiar, cómo era nuestro caso, no puede permitirse cuidar directamente el enfermo; puesto que los tres hermanos contábamos con un horario laboral imposible de compatibilizar con el cuidado a día completo de mi padre. Entonces es cuando toca buscar ayuda externa permanente, algo nada fácil, sobre todo para bolsillos con poco fondo, ya que el coste es muy elevado.
Así puestos y a la espera de que los servicios sociales nos otorguen plaza de residencia pública a cargo de las ayudas a la dependencia, normalmente las familias se debaten entre contratar a un interno que conviva con y cuide a su familiar o ingresar al enfermo en una residencia.
La residencia suele ser siempre un tabú. Este es un país de familia tradicional. Que te ingresen en una residencia se interpreta como que la familia no quiere ocuparse de ti. Las leyendas negras sobre las residencias son inacabables y, por desgracia, en los periódicos aparecen regularmente noticias que las alimentan. Así que, cuando la familia no tiene más remedio que ingresar a un familiar, tiende a sentirse terriblemente culpable. No es de extrañar que, con ese panorama, la primera opción a intentar sea la de contratar un interno.
Una de ellas es el momento en que se asume que el enfermo necesita control y supervisión las 24 horas de cada uno de los 365 días del año. 366 los bisiestos. Siento ser puntillosa, pero es que lo duro es precisamente eso: reconocer que no es posible permitirse ni un momento de respiro o de relajación.
Posibilidades de elección no hay muchas, sobre todo si el soporte familiar, cómo era nuestro caso, no puede permitirse cuidar directamente el enfermo; puesto que los tres hermanos contábamos con un horario laboral imposible de compatibilizar con el cuidado a día completo de mi padre. Entonces es cuando toca buscar ayuda externa permanente, algo nada fácil, sobre todo para bolsillos con poco fondo, ya que el coste es muy elevado.
Así puestos y a la espera de que los servicios sociales nos otorguen plaza de residencia pública a cargo de las ayudas a la dependencia, normalmente las familias se debaten entre contratar a un interno que conviva con y cuide a su familiar o ingresar al enfermo en una residencia.
La residencia suele ser siempre un tabú. Este es un país de familia tradicional. Que te ingresen en una residencia se interpreta como que la familia no quiere ocuparse de ti. Las leyendas negras sobre las residencias son inacabables y, por desgracia, en los periódicos aparecen regularmente noticias que las alimentan. Así que, cuando la familia no tiene más remedio que ingresar a un familiar, tiende a sentirse terriblemente culpable. No es de extrañar que, con ese panorama, la primera opción a intentar sea la de contratar un interno.
Para los que no sepan de qué va, un interno/a es una persona que vive y duerme permanentemente en la misma casa que el enfermo, salvo por un día o día y medio en que libra, normalmente el fin de semana. Dejando a un lado aspectos legales, que desconozco pero adivino espinosos, es posible encontrar a alguien que cubra ese puesto por unos 1000 euros al mes, normalmente alguien con más voluntad que experiencia y a quien le compensa el hecho de atender 24h a un enfermo con problemas muchas veces de conducta y movilidad, a cambio no sólo de un sueldo, sino también de la posibilidad de contar con alojamiento y manutención.
Eso no quiere decir que no sean profesionales y personas de gran corazón. Buscando un interno conocimos nosotros a Mario, quien estuvo conviviendo con mi padre a tiempo parcial, ya que por las tardes contaba con otro trabajo (impresionante, ¡lo sé!). Durante casi tres meses nos dio un respiro y contribuyó a tranquilizar a mi padre, tanto que cuando tuvo que irse de viaje, mi padre estuvo nervioso durante días preguntando qué pasaría entonces.
Entonces lo que pasó es que buscamos a toda prisa una residencia para poder cubrir la ausencia de Mario. Era pleno mes de agosto de 2008 y yo no las tenía todas conmigo, pero tuvimos suerte. Como pasa en algunas ocasiones. Encontramos de forma casi accidental la residencia que tal vez nunca hubiéramos encontrado si nos hubiéramos propuesto buscarla con esas condiciones: Un edificio de varias plantas especializado en enfermos con demencias. Suficientemente grande para disponer de médico, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales y hasta peluquería propios. Pero de trato suficientemente familiar como para permitir a los parientes acceder a cualquier lugar de sus instalaciones sin previo aviso, hacer consultas telefónicas a cualquiera de los profesionales del centro y dar un trato personalizado a residentes y familiares.
Eso no quiere decir que no sean profesionales y personas de gran corazón. Buscando un interno conocimos nosotros a Mario, quien estuvo conviviendo con mi padre a tiempo parcial, ya que por las tardes contaba con otro trabajo (impresionante, ¡lo sé!). Durante casi tres meses nos dio un respiro y contribuyó a tranquilizar a mi padre, tanto que cuando tuvo que irse de viaje, mi padre estuvo nervioso durante días preguntando qué pasaría entonces.
Entonces lo que pasó es que buscamos a toda prisa una residencia para poder cubrir la ausencia de Mario. Era pleno mes de agosto de 2008 y yo no las tenía todas conmigo, pero tuvimos suerte. Como pasa en algunas ocasiones. Encontramos de forma casi accidental la residencia que tal vez nunca hubiéramos encontrado si nos hubiéramos propuesto buscarla con esas condiciones: Un edificio de varias plantas especializado en enfermos con demencias. Suficientemente grande para disponer de médico, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales y hasta peluquería propios. Pero de trato suficientemente familiar como para permitir a los parientes acceder a cualquier lugar de sus instalaciones sin previo aviso, hacer consultas telefónicas a cualquiera de los profesionales del centro y dar un trato personalizado a residentes y familiares.
Así que, al cabo de un mes, empezamos a asumir que era dónde podía estar mejor cuidado y a estudiar cómo pagar semejante dispendio. Parecía imposible y, por supuesto, mucho más caro que seguir contratando a un interno. Sin embargo, los números obvios no siempre son los reales. Es cierto que una residencia suele costar del orden de 2.200 euros, mientras que es posible contratar a un interno por unos 1.000. Pero es necesario valorar otras cosas. El precio de la residencia es un todo incluido. Al coste de contratar un interno hay que añadirle la manutención de dos personas (pongamos 300 euros al mes, que todos hemos aprendido a hacer maravillas) y, en el caso de que la vivienda sea de propiedad, descontarle el posible ingreso que supondría un alquiler (aventuremos que puedan ser unos 500 euros). Las cantidades a comparar entonces son los 2.200 € de la residencia frente a 1.800 € de un interno.
Sé que la matemática capitalista "lo que no gano es una pérdida" ´siempre nos ha costado entenderla a los asalariados, pero por si ayuda a entenderlo, se puede hacer la cuenta de la vieja. ¿Cómo voy a pagar los 2.200 € de la residencia? con los 1.000 € que ya pago, más los 300 € de gastos generales, más los 500 € que consiga del alquiler del piso. Los otros 400 € son la diferencia real.
Puntualicemos. No estoy diciendo que la residencia sea la mejor solución. Sin duda, cuando hay posibilidades de atender al enfermo en su entorno y mantenerle las pocas referencias vitales que le quedan, vale la pena buscar el mejor interno que puedas y que pueda seguir viviendo en su casa, en su barrio de siempre y con la oportunidad de ver a sus vecinos y amigos de toda la vida.
Pero eso no siempre es posible. Es muy difícil tomar una decisión en estos casos. Por eso precisamente hay que intentar ser lo más frío posible y, además de conocer todas las opciones y de intentar aislarse del qué dirán, es importante que nunca perdamos de vista el objetivo real: ¿Dónde estará mejor atendido el enfermo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario