20 diciembre 2010

Tremendo delirio

Mayo de 2008 fue un mes especialmente duro. Sin ningún preaviso, a los problemas de lenguaje y de memoria de mi padre, se sumaron inesperados delirios. Nadie nos había avisado de que pudiera suceder aquello. Cuando aparecieron ni siquieras teníamos una palabra para definir las reacciones de mi padre, tal era nuestro desconocimiento.

Aquel mes inscribimos a mi padre en el centro de día de la zona e intentamos convencerle de que acudiera a él regularmente. Por aquel entonces aún era capaz de orientarse en su propio barrio. Sin embargo, chocamos con su resistencia frontal a estar encerrado casi todo el día en un local, haciendo actividades que no parecían ser demasiado de su interés.

Desconozco si puede tener alguna relación con la aparición de los delirios, pero por la misma época, cuando acompañábamos a mi padre comenzaba repentinamente a insistir que debíamos ir a buscar a alguien, quien supuestamente era retenido contra su voluntad. Es todo lo que pudimos deducir de las cortas frases que pronunciaba: "tenemos que ir a buscarla", "es que no está".

Intentar razonar no servía de nada. En realidad, hasta físicamente era difícil retenerle, puesto que aún conservaba una excelente forma física. Otros días la obsesión parecía derivar por los temas religiosos, aunque nunca fue practicante. En esas ocasiones se empeñaba en ver al párroco de alguna iglesia o preguntaba compulsivamente si todos estábamos bautizados.

Después de consultar con el médico, nos confirmaron que era un proceso habitual de la enfermedad y nos recetaron un anti psicótico para controlar los delirios.

Como después de los primeros días no parecían remitir, fuimos aumentando la dosis. Pero al cabo de dos semanas mi hermana encontró a mi padre sentado en el sofá, vencido hacia adelante y sin casi poder moverse.

Cuando acudió el médico de urgencias nos confirmó que esos medicamentos pueden reducir la movilidad de los enfermos drásticamente hasta dejarlos aplatanados. A partir de ahí rebajamos la dosis hasta ajustarla, de forma que los delirios no volvieran, pero tampoco afectara a su motricidad.

Sin duda son medicamentos necesarios para tratar el problema de los delirios. Cuando mi padre era arrastrado por alguna de aquellas "visiones" controlarlo era casi imposible. Pero también se hace preciso utilizarlo de forma prudente, para no afecte a otros aspectos y pueda empeorar su calidad de vida.

08 diciembre 2010

Domicilio fiscal y otras ubicaciones

Ayer fue otro día de gestiones varias.

Aprovechando el "hueco" del puente me acerqué a la Agencia Tributaria y al Registro de la propiedad a hacer alguna gestión pendiente y unas cuantas preguntas.

En la Agencia Tributaria cambié por fin el domicilio fiscal de mi padre y la dirección para notificaciones, que sustituí por la mía, de forma que no tenga que ir a recuperar toda la documentación de Hacienda a su antigua dirección. El trámite es gratuito y fue casi indoloro. Sólo se ha de rellenar el modelo 030, que se puede obtener fácilmente en la página de la Agencia Tributaria (http://www.aeat.es/). Eso sí, puesto que lo hago en calidad de tutora tuve que ir provista de la sentencia, el auto y el acta de asunción del cargo que demuestran que lo soy, además del DNI de mi padre.

Después de casi año y medio ya me he acostumbrado a pasearme con todo ese papeleo cada vez que quiero hacer un trámite. De hecho hasta llevaba una copia de todo, algo que pareció decepcionar a la burócrata de turno, que me había dicho que era necesaria con el tono alegre que lleva implícito un "cuando la tenga, vuelva señora..." y quien se quedó harto sorprendida de que contara con ella. Deduje, por su conversación con las compañeras, que había interrumpido su coordinación de los turnos de almuerzo de la planta.
En el Registro, sin embargo, los que estaban trabajando me atendieron muy amablemente y contestaron todas mis preguntas. La única pega es que no todas las respuestas fueron tranquilizadoras. Mi objetivo era averiguar qué bienes constaban a nombre de mi madre en toda España, porque tengo pendiente añadir eso al inventario de mi padre. No es que vaya a ser nada sustancial, pero mi curiosidad familiar también me anima a hacerlo. Lo que averigüé se podría resumir como sigue:
  1. Se puede pedir una nota general en cualquier registro, pero sólo te dice en qué registros tiene esa persona alguna propiedad, no cuáles ni de qué naturaleza son. Para eso hay que dirigirse a cada registro, ya que funcionan como compartimentos estancos.
  2. Esa nota general puede ser errónea e incompleta ya que, como me reconoció una de las personas al decirle que notaba una incongruencia en los datos, al transcribir todos los documentos antiguos a los archivos informáticos generales, algunos se pudieron dejar de incorporar por falta de legibilidad y/o dejadez de alguno de los "transcribientes".
  3. El Registro no tiene por qué ser más válido que el Catastro. El Registro es voluntario y se inscriben propiedades cuando han sufrido algún tripo de transmisión: venta, herencia, hipoteca, etc. Si un terruño nunca ha sido escriturado porque no ha sufrido ninguna "transferencia" pública, entonces es posible que quede reflejado en el Catastro, pero no en el Registro.
Deduzco pues que, a grandes trazos, el Registro es dónde se inscribe una propiedad cuando alguien quiere que se sepa que es suya. El Catastro es donde Hacienda "inscribe" todas las propiedades y les asigna un dueño, para que el susodicho cotice por ellas. Una diferencia sustancial.

06 diciembre 2010

Virgencita, virgencita...

Después de unas semanas de empeoramiento físico, mi padre parece haber vuelto a su forma habitual; ésa que antes nos parecía muy limitada, porque implica caminar muy despacio y moverse con mucha dificultad, ahora me parece un gran avance porque la hemos recuperado después de varias semanas de piernas temblequeantes que nos han obligado a echar mano de la silla de ruedas más de un día y nos han traído algún susto en forma de caida leve o semi-controlada.

Por mucho que nos parezca que la situación de un enfermo es delicada, siempre es susceptible de empeorar. Estos días valoro como si fuera un regalo poder volver a pasear notando que sus piernas le aguantan sin dudas y que, aunque despacio y parando asiduamente, podemos llegar hasta algún banco para ver pasear a otros transeúntes.

Nos cuesta mucho valorar las cosas buenas de las situaciones. Aunque nos parezcan desalentadoras y duras, la realidad nos demuestra que podría ser peor.

La alegría es añadida porque la experiencia dice que normalmente cuando se desciende un peldaño en el estado general de un enfermo no se suele poder volver a subirlo. Esta vez parece que no ha sido así. ¡Que dure!