Después de unas semanas de empeoramiento físico, mi padre parece haber vuelto a su forma habitual; ésa que antes nos parecía muy limitada, porque implica caminar muy despacio y moverse con mucha dificultad, ahora me parece un gran avance porque la hemos recuperado después de varias semanas de piernas temblequeantes que nos han obligado a echar mano de la silla de ruedas más de un día y nos han traído algún susto en forma de caida leve o semi-controlada.
Por mucho que nos parezca que la situación de un enfermo es delicada, siempre es susceptible de empeorar. Estos días valoro como si fuera un regalo poder volver a pasear notando que sus piernas le aguantan sin dudas y que, aunque despacio y parando asiduamente, podemos llegar hasta algún banco para ver pasear a otros transeúntes.
Nos cuesta mucho valorar las cosas buenas de las situaciones. Aunque nos parezcan desalentadoras y duras, la realidad nos demuestra que podría ser peor.
La alegría es añadida porque la experiencia dice que normalmente cuando se desciende un peldaño en el estado general de un enfermo no se suele poder volver a subirlo. Esta vez parece que no ha sido así. ¡Que dure!
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