En junio pasado tuvimos la visita de revisión anual en la residencia de mi padre. En esta ocasión con una de las fisioterapeutas del centro, ya que el punto más delicado en su evolución en estos momentos es la movilidad.
Mi padre era un gran andarín y una persona muy sociable a la que le encantaba callejear. Tal vez por eso, aún cuando comenzaron sus problemas para caminar y la silla de ruedas se convirtió en habitual, mis hermanos y yo hemos seguido intentando que cada día caminara en la medida de lo posible.
Hace unos meses ya nos advirtieron de que deberíamos ayudarle a deambular siempre entre dos personas, ya que su inestabilidad podía hacer muy complicado que una sola persona pudiera ayudarle.
A pesar de ello seguimos buscando el modo y la manera de que andara. Porque somos firmes creyentes de la máxima popular que dice que cuánto menos se anda, menos se puede andar.
En esta revisión anual, la fisioterapeuta volvió a insistir en que debíamos ser prudentes y que no debíamos preocuparnos por los aspectos adversos de la inmovilidad, ya que el personal del centro se encargaba de hacerle deambular diariamente, siguiendo las pautas que las fisioterapeutas les daban y tomando notas para seguir su evolución.
Carmen (digamos que así se llama la fisioterapeuta), también nos informó que según ese seguimiento, mi padre encontraba ya muy difícil caminar por las tardes, cuando su energía era aún menor, y que en el centro habían dado instrucciones para mantener la deambulación únicamente por las mañanas. Nos recomendó encarecidamente hacer lo mismo.
Por enésima vez insistimos en que nos preocupaba que al no hacerle caminar contribuyéramos a que cada vez caminase menos. Con tono finalmente resignado, Carmen admitió que como familiares estábamos en nuestro derecho de hacer lo que considerásemos correcto, pero nos pidió que valorásemos si el supuesto beneficio físico no quedaría anulado por el estrés que le creábamos a mi padre al empeñarnos en que realizara una actividad para la que no se sentía capaz.
De repente mi hermana y yo nos miramos. Acabábamos de entender el ¡ufff! de alivio que mi padre soltaba cuando por fin le dejábamos sentarse entre paseíto y paseíto. Así que decidimos seguir las recomendaciones de la especialista.
Aquel día, Carmen también nos avisó de que llegaría un momento en que mi padre tampoco sería capaz de caminar por las mañanas. Cuando así fuese, nos dijo, ella misma nos llamaría para informarnos. Esta semana recibimos esa llamada.
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