30 octubre 2012

La realidad que sentimos. La realidad que recordamos

Cuando los allegados me preguntan cómo está mi padre, siempre me encuentro diciendo que está estable, que el deterioro físico va en aumento, pero que su estado de ánimo en general es bueno.

Por alguna razón siempre lo contrapongo a la época de la enfermedad en que su estado físico era muy bueno, pero en que aún mantenía la suficiente lucidez para darse cuenta de su progresivo deterioro, de cómo iba perdiendo la capacidad para hacer cosas. Ésa fue para mí la peor época, porque recuerdo vivamente cómo se desesperaba. "Al menos ahora no sufre" -acabo rematando-.

He de reconocer que siempre me siento un poco culpable cuando lo digo. Porque no parece justo alegrarse de que alguien sea feliz a costa de haber alcanzado la inconsciencia de sus propios problemas.

Siempre me han interesado los dilemas filosóficos y las tramas de ciencia ficción sobre cuál es la verdadera realidad ¿La que percibimos?¿La que recordamos? Si se pudiera implantar un recuerdo en alguien ¿Sería totalmente falsa esa vivencia? Si dejamos de recordar algo ¿Debemos descontarlo de nuestra vida?

Recientemente tuve una especie de revelación leyendo un libro que me ayudó a entender que lo que experimentamos y lo que recordamos son cosas totalmente separadas. Según el libro, nuestros recuerdos son muy poco precisos y se concentran en el punto álgido de dolor o placer asociado a una experiencia, así como a los momentos finales de la misma. Pone varios ejemplos. Entre ellos, que no somos capaces de valorar que durante mucho tiempo lo pasamos bien, si en sus últimos momentos una experiencia se vuelve desagradable.

O éste otro. Si nos dijeran que no seremos capaces de recordar unas vacaciones de ensueño, la mayoría de las personas no estarían interesadas en hacerlas.

Sin embargo, explica el libro, la realidad es también lo que sentimos. La felicidad o el dolor de cada momento. Así que valoro mucho que mi padre disfrute de pequeños momentos de felicidad. Aunque después no consiga recordarlos  O precisamente por eso.

Tampoco me inquieta que no me recuerde en su pasado. O que no sepa que soy su hija o cuál es mi nombre. Me basta con que sonría cuando me ve, porque aún es capaz de reconocerme como una de las señoras que viene a sacarle de paseo y de vez en cuando le invita a un zumo o un chocolate para merendar. Carpe diem.

El libro es "Pensar rápido, pensar despacio" de David Kahneman. Una lectura apasionante aunque, por lo demás, no relacionada con la demencia o el Alzheimer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario