Hace poco más de un año, cuando mi padre ya llevaba tres y medio en la residencia y a la vista de que la lista de espera avanzaba muy lentamente, decidimos ponerle en lista en otros dos centros. Posibilidad que permite la ley de dependencia y que nosotros no habíamos utilizado hasta entonces.
Hicimos la solicitud como quién hace la carta a los Reyes Magos, con ilusión pero con poco convencimiento. Si no le habían dado una plaza pública en la residencia en la que se encontraba después de tantos años, que le llegara el turno en medio de la oleada de recortes que nos rodea parecía como esperar a que nos tocara la lotería.
Pero un buen día recibimos la llamada: había posibilidades de que nos otorgaran una plaza pública para mi padre. Aún incrédulos, concertamos entrevista con la trabajadora social de la nueva residencia.
Como siempre, la euforia por la noticia vino seguida por diferentes etapas y miedos:
- Demasiado bonito para ser verdad. Seguro que la plaza aún tardará. Tal vez meses, nos habían dicho...
-¿No nos estaremos equivocando? ¿De verdad es la mejor opción? Lo cierto es que la residencia donde ha pasado cuatro años y medio ha sido un refugio acogedor, con profesionales muy cualificados y además convenientemente ubicado. Parecía inevitable que cualquier cambio fuera a peor.
-¿Y si el cambio le provoca otro bajón a mi padre? En este proceso la rutina siempre ayuda. Los cambios muchas veces producen ansiedad y siempre existe el temor de que la adaptación sea problemática.
Por suerte, todos los temores se han ido disipando. La plaza se confirmó casi inmediatamente. El 12 de diciembre hicimos el traslado. La nueva residencia está fuera de nuestra ciudad, y eso necesariamente dificulta los desplazamientos. Pero después de algunos días hemos podido comprobar que el centro está igualmente lleno de profesionales muy atentos que ponen todo tipo de facilidades. También es pronto para decirlo, pero en estos pocos días mi padre parece haberse adaptado perfectamente al lugar y a los nuevos cuidadores. Su estado general y el de ánimo en particular siguen siendo buenos y en la misma línea en que que ya estaba.
Será verdad que nos hemos portado bien.
Hay que decir que de entrada el resultado económico es el mismo. La plaza es pública pero no gratuita, y es de esperar que haya que sufragar con la economía familiar aproximadamente la misma cantidad que antes, cuando las ayudas a la dependencia nos permitían justo cubrir gastos cuando lo sumábamos al resto de pequeños ingresos de mi padre: la pensión, un pequeño alquiler y hasta los intereses de la cartilla. Pero al menos ahora tenemos la tranquilidad de que nunca pasará de los ingresos reales. La plaza privada iba a suponer, probablemente en breve dado el avanzado nivel de dependencia de mi padre, un aumento en el coste hasta superar con creces los ingresos mensuales,
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