Aunque la enfermedad acarrea muchos sinsabores, también nos ha aportado algunos aprendizajes positivos, como que nunca hay que perder la esperanza.
Cuando en agosto de 2010 visitamos a la Dra Flaca, para la revisión de la válvula de Hakim que le habían instalado tres años antes (Ver entrada de agosto 2010), la doctora se despidió diciéndonos que pidiéramos la nueva visita de revisión en dos años. Yo no pude evitar escribir un "Dios mediante", porque ya en la precariedad de entonces, que nos programaran cita para 24 meses más tarde sonaba casi a broma macabra.
En estos casi dos años y medio hemos vivido y sentido mucho. En innumerables ocasiones hemos pensado que habíamos iniciado la cuesta abajo a toda velocidad y sin frenos y que el final podía estar muy cerca. Pero aquí seguimos.
Este año la logística para la visita resultaba aún más complicada. Para empezar hay que acceder hasta la nueva residencia, a 25 km de casa, con tiempo más que suficiente. De hecho, nos han programado la ambulancia dos horas antes de la visita médica, lo que parece un exceso, pero parece que eso lo decide la compañía de ambulancias, que son los que saben. Sin embargo, deben haberse dado cuenta de su error, porque aparecen con 45' de retraso sobre el horario que ellos mismos se han previsto.
Esta vez, al no ser conductores habituales del centro sanitario Valle Hebrón, tardamos un rato en llegar a los módulos prefabricados. Si algo nos queda claro nada más llegar, después de dos años y medio, es que los módulos provisionales están ahí para quedarse y seguramente acabarán durando más que algunos edificios en piedra del complejo.
Se nota que todo se ha ido adaptando a esa temporalidad permanente. Al famoso lector de tarjetas de la entrada alguien le ha tapado con esparadrapo la rendija lateral, para impedir que los usuarios se desgasten pasando inútilmente la tarjeta sanitaria. Por las puertas entreabiertas de las consultas, veo también que algunos médicos se ha instalado primorosas vitrinas de madera y cristal para colocar su bibilioteca de libros médicos. Aparte de esos detalles, todo está más o menos como cuando vinimos la última vez.
Se nota que todo se ha ido adaptando a esa temporalidad permanente. Al famoso lector de tarjetas de la entrada alguien le ha tapado con esparadrapo la rendija lateral, para impedir que los usuarios se desgasten pasando inútilmente la tarjeta sanitaria. Por las puertas entreabiertas de las consultas, veo también que algunos médicos se ha instalado primorosas vitrinas de madera y cristal para colocar su bibilioteca de libros médicos. Aparte de esos detalles, todo está más o menos como cuando vinimos la última vez.
También esta vez la espera es larga. A pesar de los inconvenientes inesperados, hemos llegado 30' antes de la visita y, como es habitual, van con retraso. Cuando finalmente nos recibe, hacemos una auténtica visita de médico. Algo lógico, dado que la interacción es muy pobre y la evolución evidente. Mi padre ya muy rara vez emite alguna palabra y no puede caminar. Finalmente, la doctora nos informa de que, puesto que la válvula está abierta al máximo y por tanto hace todo lo que puede, no ve la necesidad de hacernos volver y nos da el alta definitiva. Teniendo en cuenta el trastorno que supone cada visita, resulta un gran alivio, la verdad.
Cuando salimos de la consulta estamos ya prácticamente solos en el módulo.
En todas las visitas médicas anteriores, aunque hayamos pedido una ambulancia para el traslado de mi padre al centro médico correspondiente, siempre hemos utilizado un taxi para la vuelta. Pero en esta ocasión, previendo que el dispendio puede ser elevado, he tenido la precaución de preguntarle al conductor de la ambulancia qué habíamos de hacer para regresar y, gracias a eso, me ha dado el teléfono de la compañía a la que hay que llamar para solicitar el servicio una vez haya acabado la visita.
Cuando por fin salimos, la propia recepcionista les avisa para que pasen a recogernos y a nosotros para que nos armemos de paciencia. La leyenda urbana dice que los servicios de ambulancia de regreso siempre tardan una eternidad.
Finalmente tardan 45 minutos, lo mismo que la recogida que se programó la propia compañía con días de antelación.
Cuando salimos de la consulta estamos ya prácticamente solos en el módulo.
En todas las visitas médicas anteriores, aunque hayamos pedido una ambulancia para el traslado de mi padre al centro médico correspondiente, siempre hemos utilizado un taxi para la vuelta. Pero en esta ocasión, previendo que el dispendio puede ser elevado, he tenido la precaución de preguntarle al conductor de la ambulancia qué habíamos de hacer para regresar y, gracias a eso, me ha dado el teléfono de la compañía a la que hay que llamar para solicitar el servicio una vez haya acabado la visita.
Cuando por fin salimos, la propia recepcionista les avisa para que pasen a recogernos y a nosotros para que nos armemos de paciencia. La leyenda urbana dice que los servicios de ambulancia de regreso siempre tardan una eternidad.
Finalmente tardan 45 minutos, lo mismo que la recogida que se programó la propia compañía con días de antelación.
Me parece muy curioso que en ninguna de nuestras múltiples visitas médicas, nunca una compañía de ambulancias nos haya advertido de que el viaje de regreso se podía solicitar con una simple llamada. De hecho nunca se molestaron en dejarnos un número de teléfono, de lo cual deduzco que siempre cobraron el servicio sin haberlo prestado, puesto que me acabo de enterar que el volante que se les entrega al principio es válido para el servicio completo. Empiezo a sospechar quién puede haber alimentado la leyenda urbana sobre la tardanza en los servicios de regreso. Decido dejar de pensar.
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