10 diciembre 2013

¿Qué fue primero?

En este proceso que seguimos, confundir causas con consecuencias es algo muy habitual. La percepción es subjetiva y nuestros conocimientos médicos escasos.

Hace meses que mi padre tiene una curiosa tendencia a mirar hacia arriba. Cuando salimos a tomar el sol a alguna calle o jardín, mira a las copas de los árboles con auténtica fascinación. Cuando el frío nos obliga a quedarnos en la sala de estar de la residencia, de repente las instalaciones del falso techo parecen reclamar todo su interés.

A veces intento captar su atención, cogiéndole de las manos, poniéndome delante de él o llamándole por su nombre. Todo sin demasiado éxito; ya que hasta cuando consigo que me mire, lo hace sólo por unos breves minutos.

Desafortunadamente he descubierto que, en contra de lo que yo creía y como en casos anteriores, esa tendencia no era un hábito sobrevenido, sino la consecuencia de un nuevo escalón en el deterioro físico asociado a la enfermedad: la hiperextensión cervical.

El descubrimiento surgió casi  inadvertidamente en una conversación con una cuidadora del centro, quién me explicó que el objetivo de cambiarle a una silla de ruedas con respaldo era precisamente intentar paliar la tensión que generaban sus músculos, que le hacían adoptar esa incómoda posición con la cabeza continuamente inclinada hacia atrás. En resumen, no es que alzara la cabeza para ver algo de su interés, sino que la presión muscular le llevaba a ver únicamente lo que sucedía en las alturas.

A pesar de lo mucho andado, siempre se me olvida que todas las nuevas circunstancias repetitivas suelen responder a algún nuevo avance de la enfermedad. Me pregunto si será una resistencia subconsciente.

Efectivamente, con la nueva silla, la línea de visión parece haberse corregido. Aunque yo sigo sin resultarle demasiado interesante. Por ahora ha cambiado los falsos techos por la tele.

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