31 julio 2010

¿Cómo es que nadie me lo había dicho?

Desde la primera sospecha de que mi padre podía padecer un inicio de demencia; él, mis hermanos y yo hemos recorrido un largo sendero compartido con médicos, cuidadores, limpiadoras, abogados, funcionarios, burócratas (no confundir con los anteriores), trabajadores sociales, centros de día, residencias y un infinito etcétera.

Cada experiencia era nueva. Pero, por muy desconocida y sorprendente que fuera para nosotros, cada vez descubríamos que en realidad era un sendero por el que ya había transitado una multitud. Sin embargo, nunca encontramos carteles indicadores ni señales de advertencia.

Ya hace tiempo que pensaba que un blog sobre nuestras experiencias podía interesar a alguien recorriendo las mismas situaciones. El detonante fue cuando descubrí, casi por azar y porque pedí cita para realizar la declaración de la renta de mi padre, que la calificación de grado de dependencia no tiene valor fiscal. Se necesita el reconocimiento oficial del grado de minusvalía para que Hacienda tenga en cuenta la situación especial de un discapacitado.

No es un problema menor. Por poner un ejemplo. Si se buscan fuentes de ingresos alternativas para poder cubrir el coste de la residencia como, en nuestro caso, poner en alquiler el piso de mi padre, uno se puede encontrar a la hora de hacer la declaración de renta que se tenga que pagar una cantidad elevada por esos nuevos ingresos. O como hubiera dicho mi madre: que resulte lo comido por lo servido

Sólamente si se tiene un grado de discapacidad reconocido, en la declaración de renta la cuota íntegra se reduce considerablemente al entender que una persona con minusvalía precisa de cuidados con un elevado coste.

Pese a haber necesitado casi un año para que le realizaran el examen médico preceptivo para las ayudas a la dependencia y a que el equipo médico que hace la valoración del grado de dependencia es el mismo equipo que hace los exámenes del grado de minusvalía, pese al trato continuado con trabajadores sociales, nadie nos había advertido que eran dos trámites distintos que teníamos de solicitar por separado.

Ese día decidí que tenía que hacer lo posible para compartir con los demás todo lo que hemos aprendido en este viaje. Porque merecerá la pena si podemos ahorrarle a alguien angustias añadidas a las que nadie te puede quitar, porque forman parte del equipaje de la enfermedad.

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